Cómo duelen esos niños

in #spanish5 months ago

Todos. Resulta insoportable verlos sufrir, enfermar de gravedad o que resulten heridos con esa incomprensión en el rostro del que, acostumbrado sólo a volar, no entiende por qué su cuerpo se ha vuelto tan pesado, mariposas sin alas. Cómo duele que se vayan, congelados en el tiempo, sin ser la persona adulta que estaban destinados a ser. Cómo duelen esas decenas de niños que han vuelto a morir en Gaza, en el eterno conflicto palestino israelí, sin que el mundo haya otra cosa que mirarlo por la tele mientras el presidente norteamericano se decidía, más tarde que pronto, a pararlo, sobre una tierra empapada en sangre que con cada nuevo bombardeo israelí y con cada cohete de Hamás llama a más sangre todavía y así mientras quede una gota que hierva en la venganza de la sangre que se derramó. Cuando un niño muere en un conflicto armado éste se ilegitima para siempre, no hay prueba mayor de su injusticia ni mayor vergüenza para quienes, por muy difícil y complejo que parezca, no frenan ese conflicto. Y a propósito del conflicto palestino israelí: la legítima defensa deja de serlo cuando la respuesta al ataque es tan desproporcionada que se convierte en indiscriminada masacre.

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Gaza

Cuánto duelen los niños. Poco después del día de Reyes de hace dos años se caía un chiquillo por un pozo en la pequeña localidad costasoleña de Totalán. Una paella en el campo, risas, dos pequeños de dos años y medio que juegan, sus padres les miran, no hay más peligro aparente que algunos árboles. Pero algo ocurre y la tragedia congeló el corazón frente al televisor de toda España y medio mundo. El pequeño Yulen estaba a un salto de su padre y echó a correr. Una prima alertó ¡el niño, el niño!, como todos hacemos cuando vemos que un chiquillo se descontrola y puede tropezar y caerse. Su padre jamás olvidará los brazos de su hijo hacia arriba cuando desapareció para siempre por un pozo con la anchura justa para convertirse en su ataúd vertical. Por mucho que le demos vueltas, sobre todo quienes como yo tenemos un hijo con la edad que tenía el pequeño Yulen cuando cayó en el pozo, nunca podremos ponernos en la piel de sus padres que, para colmo de horrores, ya habían perdido un hijo, Óliver, de muerte súbita, un año antes.

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Dibujo del niño Yulen y su salvador en el pozo, pero no pudo ser

El impacto mediático de la búsqueda del cadáver del niño, la última esperanza razonable o no de encontrarle vivo, la vigilia de quienes participaron en el incierto rescate, siguen siendo hoy tristeza y ejemplo de fatalidad, seguimiento judicial y ejemplo, pese a la asepsia que conlleva que lo sea, de tratamiento periodístico de un suceso de amplio impacto. Como lo fueron otros sucesos que tuvieron un rostro infantil como protagonista.

Yo aún recuerdo la carita de Omayra hablándonos por la televisión, la niña colombiana de 13 años que murió en Armero víctima de la erupción del volcán Nevado del Ruiz en 1985. Atrapada sin remedio las tres cuartas partes de su cuerpo en toneladas de lodo, y escombro arrastrado por la erupción; de pie, sin saberlo, sobre los cadáveres de sus padres y su hermano enterrados bajo ella. Omayra soportó, hasta quedar exangüe, tres días con infantil extrañeza y extraña dignidad aquel lento morirse. Me da hasta miedo escribirlo, pero todos quedamos marcados con la verdad de lo insoportable que es ver sufrir a quien sólo está hecho todavía para la alegría del juego y la inocencia

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Omayra...

La semana pasada estuve hablando en mi programa en la radio (Días D de Andalucía, en Canal Sur https://www.canalsur.es/radio/programas/dias-d-andalucia/detalle/2406217.html?video=1717311) de por qué la muerte de un sólo niño o una sola persona concita los focos y los titulares durante días -como la foto del cadáver mojado del pequeño Aylan, como dormido en el rebalaje de aquella playa turca con su jersey rojo y sus zapatitos aún puestos- y sobre por qué asesinatos y muertes de familias enteras y secuestros sistemáticos o efectos colaterales de guerras o ataques terroristas apenas obtienen 30 segundos en un sólo telediario. Recordamos películas críticas como El gran carnaval (1951, Billy Willder) y hablé con la periodista Berna González Harbour de su último libro, El Pozo, que tanto recuerda a la tragedia del niño Yulen y a la película de Willder en la que Kirk Douglas encarnó al periodista que vio en el sufrimiento de un ser humano y el morbo que provocaba en quienes lo seguían la recuperación de su carrera y su salto a la fama. Ahora que los días nos han traído un nuevo conflicto con los pobres de la tierra como indigna arma arrojadiza, tras la intencionada apertura de la frontera por parte de Marruecos hacia el “sueño europeo” que supone llegar a la ciudad española de Ceuta, lo que ha provocado que niños y bebés hayan estado a punto de ahogarse si no hubieran intervenido en su rescate cooperantes, militares y fuerzas de seguridad del estado español, y que muchos de esos niños aún deambulen escondidos por la escollera y los alrededores de la ciudad, uno empieza a asumir que la realidad, compleja, en este y otros asuntos dolorosos y muy sensibles, corre el riesgo de desbordarnos por su inhumanidad y sus contradicciones. Pero ahí es donde nos toca dar la talla como adultos que, sin caer en falsas soluciones populistas y fáciles, sigamos creyendo que, pese al dolor y la injusticia de quienes terminan convertidos en víctimas de la fatalidad, la avaricia y la maldad, seguir creyendo e intentando que un mundo mejor es posible -como lo hicieron muchos de quienes nos precedieron- es nuestro mejor y mayor reto.

© Domi del Postigo / www.domidelpostigo.es

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