Caminos en el pasillo

in #spanish6 months ago (edited)

Aquí también se hace camino. Aunque al andar terminas siempre al fondo del pasillo, similar al de uno u otro sentido. Sin embargo, cada paso es un logro y resta unos segundos de cama.
Un hombre fuerte y alto, algo más que yo, se cruza a mi lado con esforzada determinación. Ambos algo igualados por el mismo camisón hospitalario. También le asoman los cables de plástico por los que circulan en circuito cerrado suero salino y otras sustancias prescritas. En la mano derecha sostiene una gran bolsa de drenaje llena casi hasta la mitad de un líquido parecido a la sangre, pero menos denso y sonrosado. De lejos su fortaleza impone, de cerca su fragilidad de tótem sosteniendo el drenaje que le sale del vientre aún más.
Una anciana en silla de ruedas hace que ambos nos paremos y nos peguemos a la pared. Yo sé que va hacia el ascensor y bajará a fumarse un cigarro a la entrada del hospital pese a todos los protocolos establecidos. Es una de esas anécdotas de esta vecindad encapsulada que sustancian comentarios con los auxiliares cuando vienen a limpiarte la habitación. La mujer nos saluda con la mano libre y cruza entre los dos cuando su hijo viene y le empuja la silla. El hombre grande y yo nos miramos a la cara con ojos de no estar en mirarnos sino en mirar hacia adentro. Él continúa andando por la mitad del pasillo que yo he dejado atrás. Yo camino ya hacia mi habitación.

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Pasillo del hospital

Una mujer se me acerca por detrás y me ataca al rebasarme con una sonrisa profesional. Habla sin dejar de curvar labios y carrillos. Pregunta con amabilidad eufórica cómo sigo. No me veo capaz de responderle otra cosa que muy bien para no afrentar su evidente esfuerzo por agradar, no sin dejar de pensar que su mueca impostada me obliga a mí a esforzarme aún más que a ella para no decepcionarla. Resulta raro y quizá poco generoso decirlo, pero pienso que hay ciertas personas portadoras de una gran afectación que en su necesidad de ayudarte se ayudan más a sí mismas que a ti.
Una enfermera sale de una habitación cercana arrastrando un carrito con bolsitas, jeringuitas, taponcitos, tubitos, agujitas, como las habría llamado la mujer que te clava la sonrisa: “¿Estás mejorcito?”.
Aprovecho para decirle a la enfermera que el antibiótico en vena ya se me ha terminado para que me lo desconecte del brazo y lo desenganche del perchero rodante. Ahora me paso y te lo quito…
Una chica llora detrás de la puerta abierta de la habitación de la que ha salido la enfermera. Los sollozos se mezclan con las risas de dos celadores que salen del ascensor para recoger a alguien a quien van a hacer una ecografía abdominal, lo sé porque se lo vocean alegres a la enfermera con un papel en la mano que ondean como una bandera blanca. O yo lo veo así, porque aquí dentro cada uno libra su guerra contra la desesperación, el trauma y la enfermedad.
Cuando vuelvo a la habitación y cierro la puerta siguen hablando por la radio que me había dejado puesta sobre la crispación de unos u otros en la campaña electoral de Madrid. Con la verdad tan reciente del pasillo del hospital, me sonroja esa burda manipulación tribal y Madrid me parece más lejos que México, aunque esté a sólo unos 500 kms de aquí y el Caribe mexicano al otro lado del Atlántico. En la bolsa de tela negra que trae mi mujer con algunas cosas que le hacen aquí el avío cuando me visita pone XVIIª Muestra de Cine Mexicano en Guadalajara, International Festival 2002. Sobre el colorido rótulo se puede leer la marca del patrocinador, una prestigiosa firma de alcoholados allí y una frase que aquí me hace sonreír por primera vez en la mañana: Disfruta con moderación.

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[Campo de agave y tequila. Jalisco (México)]

Por la televisión sigue sonando la radio y los contertulios que siempre defienden más que a los otros, pese a ser periodistas, a los que son de su cuerda por la razón que sea. Del otro lado de la puerta también suenan las ruedas de los carros que llevan bandejas de comida a los pacientes que no tienen que guardar ayuno forzoso. Pero en mi cabeza, por un momento, sólo suena el suave zumbido del aire cálido de Jalisco en el patio del hotel Camino Real (en alusión a otro camino, aquel que enlazaba las provincias de la llamada Nueva España, que llegaba a EEUU), el día de aquel desayuno que ahora recuerdo con olor a salsa de chocolate y tequila. Mañana se lo cuento al bueno de Ángel cuando venga a hacerme la cama…

© Domi del Postigo / www.domidelpostigo.es

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