Secuencias de La Habana

in #spanish2 months ago

Sentado en el malecón. El mar, de tan grande, parece que va a reventar. A veces lo hace e inunda esta ciudad que yo he aprendido a amar. Este mar no me pertenece. Pero yo a él sí. ¡Ésa es la cosa!

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Malecón...

Escribo en un bloc de cuadritos. Ochenta páginas. Ochenta lujos cuadriculados. Aquí no hay libretas como ésta. Ni todo el papel que se necesita. La señora Irma es uno de los pocos cubanos mayores que sabe hablar inglés. Ahora todos los niños lo estudian. Cuando triunfó la revolución ella tenía 30 años y era maestra. Después se prohibió en Cuba aprender “la lengua de los imperialistas”, a la vez que se impartían clases de ruso por la televisión.
A Irma le gusta decir que estudió para enseñar. Por la mañana y la tarde a los muchachos y por la noche a los adultos.
Irma tuvo un “compañero” después de divorciarse de su marido, un abogado que soñó una revolución verde como las palmas reales de La Habana. Cuando el comunismo la coloreó de rojo él se marchó a Nueva York. Ella no. Irma creía firmemente en la revolución que sentía entonces como suya. Roja y suya. Han pasado cuarenta años. Todavía le recuerda, aún le quiere, y aquella revolución no es ésta.

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La Habana

Hoy no hay gas, “pero la gente inventa”. Ayer se cortó la luz y nos duchamos con agua fría. Pero aquí no está tan fría. En los hoteles no se corta, pero yo vivo en casa de Irma y de Pilar, mis “titas cubanas”. El tío negro de Nana, una “mulatica” con la que paseo cuando ella acaba de trabajar en el “paladar” (una especie de restaurante privado dentro de casas particulares con un máximo de doce sillas, qué difícil explicarlo) ha buscado un infiernillo y nos está haciendo café. Afuera se escuche el mar un poco bravo. Durante un minuto confundo este Atlántico con el Mediterráneo andaluz y pienso que ojalá...

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Ella y la verdad detrás

Pero en los días que vivo acá lo hago a siete días diarios y no pienso ni concibo otra ciudad que ésta. Con su extraordinario Festival de nuevo cine latinoamericano cada diciembre y sus viejos cines abarrotados de gente ávida de otras películas que le alejen de la suya propia, una película llena de decorados que se caen como si hubieran sido de papel, decorados urbanos que sólo son mágicos ante la mirada folclórica de los turistas. Los visitantes no comparten su vida con las cucarachitas y las ‘cucarachonas’ que se pasean por todas las casas de La Habana. Hay algo de Macondo gigantesco en todo esto. Algo de selva y ciénaga robada al mar. No se confundan, no se trata de ningún muladar tercermundista. El abuelo de Picasso vivió y quiso morir aquí, después de hacerle un Picasso negro a una mulata, y convertirse en abuelo de nueve negritos más. También este corazón, caótico de Caribe, tiene razones que la razón no entiende.

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Cine Payret durante el Festival de La Habana

-A pesar de todo -me cuenta Irma-, esos ‘raticos’ no se compran con dinero. Eso que yo he vivido. Esas películas, esos teatros, esos cafés, aquel amor, esas aventuras… ¿Dónde están? ¿Dónde las venden?...

Yo la miro desde mis ojos azules de casi primer mundo, asombrado ante la insondable profundidad de sus oscuros y, aunque gastados, todavía bellos ojos criollos.

© Domi del Postigo / www.domidelpostigo.es

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Exelente publicacion, muy didactico y exprecibo tu publicacion, gracias por compartir.

Gracias a ti por valorarla...

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Gracias!