La Experiencia del Campo (Relato)

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Los aromas del establo, la leche ordeñada de ubres llenas, el heno, el trigo ondulante bajo una caricia divina, la transpiración fuerte y ácida del campo. Eran los factores de estas vacaciones en el campo. Inquieta por esas evocaciones, no pude impedir pensar en Michelangello, el hombre que me había seducido en las demasiado breves e infrecuentes vacaciones que me estaba permitida tomar entonces. El único que me había hechizado y se había casado conmigo. ¡Hacia un año ya que lo había abandonado todo por él, mañana haría un año! Y esa alegría sin igual, hasta entonces, que hacia palpitar mi vientre y erizar la punta de mis senos, no había dejado de despertar en mis ciertas curiosidades. Michel no me había conocido virgen, pero yo no era ignorante de la vida tan movida que había tenido el. Jamás me había formulado la más mínima pregunta de mi pasado y esa discreción táctica había creado estrechos lazos entre nosotros. Yo le había jurado sumisión absoluta pues así de grandes eran mi confianza en él, mi deseo de amor y respetabilidad.
Y, si alguna vez me sorprendí a mí misma evocando, de pensamiento, alguna cama gigantesca, alguna noche sin camisola, un derroche de luz, o unas caricias animales, retenía por la brida esta imaginación subversiva y me reconfortaba con el beso ritual en la frente, que me daba mi tierno esposo, después del deber cumplido.
Sentimientos que se hacían más fuerte en mi cuerpo y deseaban ponerlos en práctica, bajo el cobijo tierno de la llanura mojada del campo. Mi cuerpo se había transformado en impulsos insensatos de amores inconfesables, de besos casi bestiales, de caricias mas fogosas. Y pusimos rumbo a la marea verde del llano Michel mi dulce encanto.
Me percate que había caído el crepúsculo, fatigada por una jornada agitada. Trate de conciliar el sueño con la perspectiva, al final de la noche, de acurrucarme en los brazos cálidos y tranquilizadores de Michelangello. Su mirada, su boca, sus trémulos hombros, sus manos sobre mis senos, sobre mi vientre, sus piernas entre mis piernas, su sexo ardiente, mis manos en sus rizos negros, sus rizos negros…De pronto me desperté; mis manos acariciaban sus cabellos, mi boca unida a sus labios tiernos. Su mano que se afanaba a mi pecho y mi aliento, como una llamada insatisfecha a una fuente milagrosa, hacía temblar mi vientre y mi cuerpo entero. Yo no era más que ofrenda y deseo, me sentía receptáculo, pozo carnal de aceptación y rebelión.

A medio camino entre el sueño y la realidad, difícilmente llegaba abrir los ojos. Cuando por fin lo conseguí, sentí reafirmarse el abrazo, unos labios pesados sobre los míos, una lengua moviéndose aún más profundamente en mi boca y la mirada ida de mi hombre. Yo sabía que no me resistiría, allí estaba yo, jadeante, tendida sobre esa hierba escogida, mi cuerpo ofrecido a su sonrisa lasciva, que uno a uno, hacia saltar entre sus dedos los botoncitos nacarados de mi blusa camisera. Mi ropa se había resbalado al suelo, con sus manos surcaba mi cuerpo, recorría todo lo largo de mis piernas abiertas.
Él se tomaba su tiempo, una excitación aún más viva me devolvió con su boca. Después, subiéndome la falda hacia el rostro, se permitió descender, besando mi vientre, acariciando esta piel distendida y tan pálida ante la luz diáfana. Intente apoyarme sobre los codos, pero, con un movimiento autoritario, me devolvió a mi lecho del campo, colocando sus manos sobre mis labios antes de que yo pudiera proferir un sonido. Entonces vi desaparecer entre mis muslos su bella cabeza morena, que después se sumió en la mas total voluptuosidad. Su lengua hacia nacer maravillas, llevando más lejos los límites del placer cuando ya me sentía a punto de desfallecer. Cuando al fin mi cuerpo aviado, atormentado por esa lengua de fuego tierna e incisiva, se arqueo, se curvo bajo la marejada de repentina satisfacción que me invadía. Un hilillo de sudor se deslizo entre mis senos como en un reguero. La húmeda de mi piel magnífica a su tono y el olor a hembra que emanaba de ella quedaba duplicado por la pesadez del aire. Él estaba fascinado por mis senos hinchados y húmedos. Sus manos febriles se posaron sobre mis riñones y luego se volvieron solicitas. Al girar la cabeza, advertí la protuberancia que hinchaba su pantalón. Que bruscamente se liberó ante mi incrédula visión. Su respiración era breve y rápida, cuando arrodillada con las piernas separadas, me puse a lamerle lentamente su miembro palpitante. La lujuria y el sabor se fue apoderando de mi boca, envueltos en sus alaridos de hombre recibiendo placer. Se puso a golpearme la grupa con su glande, sin dejar de mascullar sus tiernos gemidos.
Mas ya no aguantaba, cuando me tomo por sorpresa y al fin penetro mi sexo ardiente, yo engullí todo entero gritando como todo un becerro. Nuestro equilibrio se volvió precario, ante sus embates con fuerzas, que hacían temblar todo mi trasero. Golpeaba con fuerzas descomunales, gritando y jalando mi cabello. La ensena era sublime y aterradora, me había vuelto una mezcla entre mujer y ramera a sus encantos. Pasamos a revolcarnos toda la noche en aquel pasto que mis fluidos iban regando. Al cobijo de las estrellas que oían nuestros gritos orgásmicos. Una noche que nunca olvidare con mi amado Michelangello.

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