Sin democracia no hay educación, hay costumbres

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Un pilar esencial en la educación de un pupilo, es su posibilidad de aplicar lo que se le enseña, de manera espontánea. Si este acto está coartado o prohibido, aquello que se imparte corre el riesgo de perder el interés de quien lo recibe, y además, si es materia sincera, interesante, perderá la esencia cuestionadora, inherente a todo conocimiento que pueda considerarse bueno.

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El costo a veces, de que un estudiante apunte con la luz que le brinda el maestro, sobre aquellas áreas a las que su interés le impulsa, puede ir desde el rechazo colectivo, hasta el peligro. Resulta, en esos casos, mucho más cómodo, y de mayores beneficios, seguir lo que se imparte como un recetario, "aprenderlo de memoria", incluyendo los ejemplos de aplicación que el propio maestro enuncia. En la seguridad de este camino, radica lo pernicioso. Pues de esta forma, se pierde el sentido de una educación sólida.

Por naturaleza, la educación debe ser impulso, movimiento que se adapte a los vaivenes de la innovación y el destino ¿Cómo lograr eso sin empoderar al individuo que es el alumno? ¿Cómo, sin ser partidario del derecho innato de cada ser a tomar su elección frente a más de una posibilidad?

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Aquel que afirma, frente a lo que desconoce, "no me prepararon para esto", "no fui educado para lo que ahora pasa", es probable que haya seguido la pauta de alguna receta, sintiendo la falsa seguridad de que eso era lo correcto. Y es que la propaganda parcializada en torno a un sistema educativo, puede hacer creer ideas falsas, de las cuales seamos partícipes.

No porque se mencione hasta la saciedad la palabra enseñanza en los medios oficiales, significa que esta va a ser mejor. Es mucha mejor medida, la capacidad cuestionadora de los estudiantes, y su motivación a saciarla. La incertidumbre debe permanecer viva. En otro caso, se va camino de la recitación cansina e insabora y la consecuente desmotivación del que estudia.

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Como antes se dijo, una buena educación tiene un escollo asegurado en la ausencia de democracia para un colectivo. La innovación es hija del espíritu libre. Imaginemos solo por un momento, qué hubiera hecho Satoshi Nakamoto (fuera quien fuera) en un entorno en donde la iniciativa y el individualidad estuvieran totalmente coartados.